UN RETORNO FUGAZ A VILLA ORION
Las veo a las tres. Tía Delcia al
medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Quisiera derramar aunque sea
una lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un medido gesto
de pesadumbre.
—Al fin llegaste —dice Ximena. Me
alegra darme cuenta que no ha llorado.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste
—balbucea mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan
grande ha caído sobre nosotros!
Cuando subí al ómnibus, me sobresaltó
la diferencia de temperatura. Adentro hacía calor, siendo que dos escalones
atrás el viento frío que me obligaba a mantener en alto el cuello del abrigo,
amenazaba con sus puntazos de hielo permanecer a mi lado por largo tiempo.
Busqué mi asiento con las mismas aprensiones de antaño, cuando este viaje lo
hacía con frecuencia. Pero esta vez el destino se había apiadado de mí:
viajaría al lado de una mujer que no llegaba a los cuarenta, pelo negro y
lindos ojos. Mientras le pedía permiso para pasar y me acomodaba en mi asiento,
recordé las veces que tuve que soportar las ocho horas del viaje al lado de
gordos sudorosos, o ancianas de toses catarrientas, o muchachos fanfarrones y
necios, de hablar alto aún en las altas horas de la madrugada. Pocas veces me ayudó
mi hada madrina con su varita mágica, como hoy. Maniobré el asiento hasta
dejarlo lo más horizontal que pude, y cerré los ojos.
Mi tía Delcia nos juntaba a la hora
de la siesta para contarnos cuentos o jugar con nosotros algún juego de mesa; le
gustaban la lotería y el Ludo. A mí los
juegos que mas me gustaban era el “robamontón” y el “culo sucio”. Me veo feliz,
tirando el dado que me hace avanzar 5 casilleros, alcanzando a mi prima Ximena.
Más atrás Pedrito y la misma tía Delcia, viendo casi resignados que esta vez
ganaría Ximena. O yo. Las veces que tía Delcia le hacía lugar en su falda para
que también él jugara, yo hacía cualquier cosa para que el juego terminara
enseguida. Pedrito era insoportable, tramposo, y cuando nadie nos veía nos
sacábamos la lengua. Mi mayor goce en aquellos momentos era verlo perder, y más
si era yo el ganador. En tales casos Pedrito hacía pucheros y lloraba y
pataleaba diciendo que ese juego era una porquería, que él nunca ganaba. Sin
que la tía nos viera, Ximena y yo le hacíamos morisquetas y lo dejábamos solo y
nos íbamos a jugar a otra cosa. Primero fue ese rechazo infantil, inocente y
perdonable, pero luego, con el paso de los años, se convirtió en otra cosa peor.
Muchas veces, cuando nos escapábamos
de Pedrito, nos íbamos a la quinta del abuelo. Al cobijo del maizal, hacíamos
cigarros con barbas de choclo y fumábamos a escondidas, acostados en la tierra
fresca. Arriba, algunas nubes tenían el privilegio de espiarnos. Éramos
muchachitos de doce años, y fumar como el abuelo no era más que un juego.
Pedrito estaba excluído, él era muy pequeño, y para colmo de males tan mentiroso
y chismoso como doña Ursulina, la vecina de enfrente, que según tía Delcia era
más falsa que moneda de tres pesos.
—Perdone señor —me dice la compañera
de viaje. Me costó salirme de mi ensoñación, de regresar de días felices pero
lejanísimos. La escuché como si me hablara de lejos, como un eco que con tesón se fuera haciendo oír por mí.
—Perdone, ya estaba casi dormido —le
dije mirándola, apreciando esos dos lamparones de luz canela que emitían una
mirada limpia pero lujuriosa a la vez.
—Creo conocerlo… ¿usted es Roberto Ribas
Campos?
—Si señora. ¿Y usted es?
—Ángela González, una lectora y
admiradora de su obra.
—Gracias, muy amable —le dije
estrechando la mano que me tendía y besando la mejilla que generosamente se me
ofrecía. Un aroma exquisito (¿“Carolina Herrera” quizás?) mantenía en la piel
de su cuello una promesa de odaliscas. En otro momento, a otra altura de mi
vida, quizás tuviera la dosis necesaria de descaro como para intentar algo,
pero hoy soy un guerrero cansado, con el único e incontrolable deseo de poder
dormir antes de llegar al sepelio.
—Para usted, ¿cuál es su mejor
novela?
—La que no puedo escribir, y quizás
nunca lo logre —le digo, volviendo a arrellanarme lo mejor que puedo en el asiento.
Pero creo que no es una manera elegante de terminar la entrevista con la única
mujer que confiesa abiertamente haber leído algo de mí—. Perdone si sonó
grosero, trataré de enmendarme revelándole un secreto: de mis novelas la que
más me gusta es la última.
—La leí, desde luego. Pero me parece
que “Las mañanas vacías” es mejor, la heroína me conmovió mucho.
Ximena solo era un año mayor que yo.
Pero la diferencia en edad parecía aumentar por su carácter extrovertido, su
vitalidad de fierecilla sin domar y con una curiosidad ingobernable. Y más
resaltaba si se comparaba con mi pereza innata. Yo la seguía como atraído por
una fuerza de gravedad tan cierta y mensurable como la que mantiene a los
planetas en sus lugares. Tuve que llegar a una edad avanzada para recién ahí encontrar
sus puntos débiles. Cuando digo avanzada exagero, diecisies años no es avanzada
ni nada. Pero fue la edad de mis mejores descubrimientos.
Trato que Ángela entienda que un
escritor es un tipo como cualquiera, con las mismas penurias cotidianas de las
cuentas por pagar y el padecimiento por los errores cometidos.
—Y de errores puedo dictar cien
seminarios. Y algunos errores que fueron horrores. Como todo el mundo ¿no?
—Es verdad, todos metemos la pata en
algún momento. Todos tenemos un punto flaco que nos regala algún que otro
resbalón —dice la mujer, jugando distraída con sus pulseras.
Cuando nació Pedrito, Ximena y yo
tácitamente hicimos un pacto de asistencia recíproca. Todas las atenciones eran
para aquel renacuajo oscuro, y pasamos nosotros a un segundo plano bastante
gris y deslucido. Tal vez Pedrito captó
nuestra temprana inquina, y planificó todas las porquerías posteriores como una
forma de venganza. Podría ser… Lo hablamos mucho con Ximena, para llegar
siempre a la misma conclusión: árbol que nace torcido: es al ñudo que lo fajen.
—¿Va a Villa Orión? Yo vivo allá —me
dice Ángela, decidida a entablar una conversación conmigo, el escritor que al
igual que ella viaja al norte en una noche de junio.
—Voy sí a Villa Orión, pero a un
entierro.
—Lo siento mucho. ¿Algún familiar?
—Yo no lo siento, así que no se preocupe.
Familiar si, primo.
—En mi familia los primos somos como
hermanos ¿sabe? Familia muy unida la mía.
Mi familia también es muy unida. Tía
Delcia es como una madre para mí, como lo fue mi abuela. Y con Ximena, ahora,
menos inocentes, somos como hermanos. Pero hubo un tiempo que hicimos caso
omiso a toda otra cosa que no fuera aprender de nosotros mismos, de nuestros
incipientes fuegos en la piel. Fue un tiempo efímero, pero fundamental en el aprendizaje
de mis pulsiones y mis límites. Ahora ella está casada, tiene tres hijos divinos.
El amor que nos tenemos ha mutado a algo más convencional, con menos aristas
filosas, que nunca tuvimos intención de causar daño. Por lo menos no hemos causado
tanto daño como Pedrito, el oveja negra de la familia.
—Mi esposo es técnico en calderas de
vapor, y trabajará en Alur unos dos o tres años, así que de momento vivimos
allá. ¿Va a estar muchos días? Me gustaría invitarle a mi casa, Pablo estaría
encantado.
—No más de un día, dos sería lo
máximo, y tres solo en caso de Apocalipsis avanzado. En unos días tengo que
viajar.
Tía Delcia decía “Pedrito se fue de
viaje”. Pobre tía, haciendo el ridículo tratando de encubrir a su hijo, cuando
en realidad todo el mundo sabía que estaba preso. Su foto y nombre había salido
en los diarios, pero ella, imperturbable decía que “tuvo que viajar, lejos, no
sabe cuando vuelve, estos muchachos…” decía, sin que nadie se animara a
contradecirla, no por miedo sino por auténtica conmiseración para con ella.
Recuerdo la vez que tuve que ir
sacarlo de la comisaría, en los comienzos de sus días de bandido. Como era
menor pude arreglar con la policía que lo tendríamos bajo riguroso cuidado los
próximos meses. Él salió con un aire socarrón de la comisaría, ufano de la
trapisonda cometida (el robo de una farmacia con destrucción de estanterías y
balanzas, mezclas de remedios y reactivos). Ni bien llegamos a mi casa le dí
una paliza. Sabía que sería una de las últimas: estaba agarrando a ojos vistas
un físico envidiable, pura musculatura de piedra y tendones como alambres
acerados.
Cuando Pedrito nos descubrió, no
tuvimos manera de negar nada. Tía Delcia nos tildó de degenerados, de pecadores,
desvergonzados sinvergüenzas. El soplón se reía a sus espaldas y contorneaba
sus caderas en un remedo grosero y tosco de nosotros. Ximena recibió todas las
penitencias y castigos de su madre sin lagrimear, sin chistar. A mí me mandaron
de regreso a la casa de mamá. Semanas más tarde, por disputarse un rato de bici
Pedrito le dio una paliza. Los tres supimos desde siempre que la tunda de
patadas y puñetazos nada tenía que ver con la bicicleta.
—…y desde luego, no lograba sacar a
flote el noviazgo, parecía una mariposita de alas inservibles… —decía Ángela, y
yo interponía algún “ajá”, “desde luego” y “mire usted”; estaba primando mi
parte gentil sobre la otra, la que pugnaba por salirse con algún improperio que
acallara esa vocecita susurrante, que quería hablarme a mí sin molestar al
resto de los pasajeros.
La primera hija de Pedrito le cayó a
tía Delcia sin aviso. Un buen día se presentó una chiqulina de no más de 16
años, con su madre. La señora llevaba una bebita en brazos. “Somos más pobres que
ustedes, y según la nena quien la violó fue su hijo, aquí se la dejo” Media
vuelta y se fueron, madre y abuela, sin mirar atrás. Tía Delcia levantó del
suelo a la bebita. La llamó Ofelia. Con el tiempo, tía Delcia logró amar a esa
nieta como si fuera su hija. Era natural: tiene un corazón más grande que ella.
Lo reconozco a pesar de todo. Pedrito no quiso saber nada de hacer de padre.
La charla de Ángela se fue apagando,
quizá descifrando acertadamente que mi parquedad era una invitación al
silencio, a compartir el roce somnoliento de las ruedas de un ómnibus corriendo
por una carretera invisible, sumidos todos en una burbuja oscura e impenetrable
como los misterios del cosmos.
Pedrito entró en contacto con una
clínica de abortos clandestina en Uruguayana, quienes le ofrecieron una
comisión por cada candidata al aborto que suministrara. Pedrito, dueño de una
labia hipnótica y una desfachatez a toda prueba, logró crear un flujo de
muchachas embarazadas hacia la tierra prometida de la solución final. Lo
contactaban familias pudientes y no tanto de Artigas, Salto, Paysandú,
Tacuarembó inclusive. En el medio de ese
ajetreo fue obligado a casarse con una niña que había embarazado. Era eso o un
seguro destino de sabandija reventado por sus cuñados, que es raza de mal traer
los Pellejeros del norte, y Pedrito sería loco pero no mascaba vidrio.
Ángela, dormida, ha ido derivando con
su humanidad hacia mí. Su cabeza, casi sin peso, reposa desde hace unas cuantas
leguas sobre mi pecho. Me mantuve quieto un buen rato, para no despertarla.
Supongo que prefería eso a que empezara a hablarme otra vez, pero se me estaba
acalambrando el brazo, por lo que no me quedó más remedio que abrazarla,
pasando mi brazo por atrás de ella. Su perfume en el medio de ese universo
azabache hizo el resto. Me dí cuenta que
se hacía la dormida cuando al intentar oler su cuello acertó a besarme en la
boca. “Que dirá el técnico en tanques de vapor” le dije al oído. “No es dios,
gracias a dios” me respondió. “Y yo no califico ni para beato, sería bueno que
lo sepas” le dije. Ella se abrazó a mí, sin decir más nada. Quise dormirde nuevo, me había mantenido despierto, pero tenía mucho sueño.
Ni bien cerré los ojos, Pedrito se me
apareció con sus lentes oscuros con aros de oro, sus manos con muchos anillos
refulgentes, su reloj pulsera deslumbrante, y aquella mirada socarrona,
sobradora, que era su marca registrada.
El mismo descaro de cuando me contaba que sí, que era cierto: era socio
de un burdel en Uruguayana. Y me daba cátedra de cuanto rinde una mujer por
noche, pero obvio, hay que estar arriba, ya lo dice el refrán el ojo del amo
engorda el ganado.
—Vas a terminar mal.
—¿Quién te dijo? Hace años que ando
en esto, y tengo más guita que vos, escribidor de cuarta.
—Además —prosigo ignorando sus
palabras despectivas, que logran demasiadas veces renovar el odio que le tengo—
de todo el dolor que le causás a tu madre.
—Que se joda, yo no le pedí para
venir a este basural.
—Pedrito, cada día que pasa sos mas y
mejor hijo de puta. La verdad que hasta una mierda como vos, si se lo propone,
logra superarse. Te felicito.
—No jodas Onetti, dejate de boludeces
y andá a calentarte con mi hermana.
Ximena hace acto de presencia, como
un relámpago, solo para que nuestras miradas se crucen, solo para decirme sin
hablar que quiere verlo muerto, y que por favor que yo la ayude. Ni tiempo tengo de ensayar una seña, de
ponerle intenciones a mi mirada. Ángela se mueve y me despierta, en vez de Ximena tengo entre mis
brazos a una desconocida, que respira pacíficamente derramando sobre mí el
manantial oscuro de sus cabellos.
En Villa Orión ya están velando a
Pedrito. Yo llegaré justo a tiempo para el entierro: así lo he planificado. Mi
profecía (y la de muchos otros) se ha cumplido: un poco de él estaba en un
costado de las vías del tren, la cabeza y una pierna al otro lado. Dejaron el
hacha, toda manchada de rojo, clavada a un durmiente. El dinero que llevaba
estaba por todos lados, pegoteados en los pastos y en las piedras, soportando
con estoicismo la leve brisa que sopló la noche del crimen. Yo solo quería que tía Delcia me viera, que
supiera que estuve a su lado en esos momentos. No sé para qué, pues cada vez
conoce menos a las personas, cambia los nombres y los parentescos, le erra a
las edades, y por lo que me cuentan, sigue diciendo que Pedrito está de viaje.
Llego. Las veo a las tres. Tía Delcia
al medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Desearía mostrar alguna
lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un gesto medido
de pesadumbre. Me acerco a ellas. La gente se abre paso, y capto palabras
sueltas del cuchicheo que se produce. Palabras como “escritor” y “sobrino” se
garabatean en el aire mortuorio, mezcladas con otras: “diferentes” , “famoso”.
—Al fin —dice Ximena. Me alegró darme
cuenta que no ha llorado. Me ilusiono con la vigencia de un remoto pacto no
escrito.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste
—dice mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan
grande ha caído sobre nosotros!
Con la excusa de traer un té Ofelia
me deja su lugar. Abrazo a mi tía y a mi prima. No sé qué decirles. No sé qué
otra cosa puedo hacer. Entonces las sigo abrazando, durante un tiempo que
parece interminable.