viernes, 21 de junio de 2013

Cuento: Un retorno fugaz a Villa Orión

Estimados todos:  Hago un paréntesis en la seguidilla de notas sobre La Rebelión de las Beatas, para poner a vuestra consideración un cuento, llamado "Un retorno fugaz a Villa Orión".  Gracias.



UN RETORNO FUGAZ A VILLA ORION

Las veo a las tres. Tía Delcia al medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Quisiera derramar aunque sea una lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un medido gesto de pesadumbre.

—Al fin llegaste —dice Ximena. Me alegra darme cuenta que no ha llorado.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste —balbucea mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan grande ha caído sobre nosotros!

Cuando subí al ómnibus, me sobresaltó la diferencia de temperatura. Adentro hacía calor, siendo que dos escalones atrás el viento frío que me obligaba a mantener en alto el cuello del abrigo, amenazaba con sus puntazos de hielo permanecer a mi lado por largo tiempo. Busqué mi asiento con las mismas aprensiones de antaño, cuando este viaje lo hacía con frecuencia. Pero esta vez el destino se había apiadado de mí: viajaría al lado de una mujer que no llegaba a los cuarenta, pelo negro y lindos ojos. Mientras le pedía permiso para pasar y me acomodaba en mi asiento, recordé las veces que tuve que soportar las ocho horas del viaje al lado de gordos sudorosos, o ancianas de toses catarrientas, o muchachos fanfarrones y necios, de hablar alto aún en las altas horas de la madrugada. Pocas veces me ayudó mi hada madrina con su varita mágica, como hoy. Maniobré el asiento hasta dejarlo lo más horizontal que pude, y cerré los ojos.


Mi tía Delcia nos juntaba a la hora de la siesta para contarnos cuentos o jugar con nosotros algún juego de mesa; le gustaban la lotería y el  Ludo. A mí los juegos que mas me gustaban era el “robamontón” y el “culo sucio”. Me veo feliz, tirando el dado que me hace avanzar 5 casilleros, alcanzando a mi prima Ximena. Más atrás Pedrito y la misma tía Delcia, viendo casi resignados que esta vez ganaría Ximena. O yo. Las veces que tía Delcia le hacía lugar en su falda para que también él jugara, yo hacía cualquier cosa para que el juego terminara enseguida. Pedrito era insoportable, tramposo, y cuando nadie nos veía nos sacábamos la lengua. Mi mayor goce en aquellos momentos era verlo perder, y más si era yo el ganador. En tales casos Pedrito hacía pucheros y lloraba y pataleaba diciendo que ese juego era una porquería, que él nunca ganaba. Sin que la tía nos viera, Ximena y yo le hacíamos morisquetas y lo dejábamos solo y nos íbamos a jugar a otra cosa. Primero fue ese rechazo infantil, inocente y perdonable, pero luego, con el paso de los años, se convirtió en otra cosa peor.

Muchas veces, cuando nos escapábamos de Pedrito, nos íbamos a la quinta del abuelo. Al cobijo del maizal, hacíamos cigarros con barbas de choclo y fumábamos a escondidas, acostados en la tierra fresca. Arriba, algunas nubes tenían el privilegio de espiarnos. Éramos muchachitos de doce años, y fumar como el abuelo no era más que un juego. Pedrito estaba excluído, él era muy pequeño, y para colmo de males tan mentiroso y chismoso como doña Ursulina, la vecina de enfrente, que según tía Delcia era más falsa que moneda de tres pesos.

—Perdone señor —me dice la compañera de viaje. Me costó salirme de mi ensoñación, de regresar de días felices pero lejanísimos. La escuché como si me hablara de lejos, como un eco que con  tesón se fuera haciendo oír por mí.

—Perdone, ya estaba casi dormido —le dije mirándola, apreciando esos dos lamparones de luz canela que emitían una mirada limpia pero lujuriosa a la vez.

—Creo conocerlo… ¿usted es Roberto Ribas Campos?
—Si señora. ¿Y usted es?
—Ángela González, una lectora y admiradora de su obra.
—Gracias, muy amable —le dije estrechando la mano que me tendía y besando la mejilla que generosamente se me ofrecía. Un aroma exquisito (¿“Carolina Herrera” quizás?) mantenía en la piel de su cuello una promesa de odaliscas. En otro momento, a otra altura de mi vida, quizás tuviera la dosis necesaria de descaro como para intentar algo, pero hoy soy un guerrero cansado, con el único e incontrolable deseo de poder dormir antes de llegar al sepelio.
—Para usted, ¿cuál es su mejor novela?
—La que no puedo escribir, y quizás nunca lo logre —le digo, volviendo a arrellanarme lo mejor que puedo en el asiento. Pero creo que no es una manera elegante de terminar la entrevista con la única mujer que confiesa abiertamente haber leído algo de mí—. Perdone si sonó grosero, trataré de enmendarme revelándole un secreto: de mis novelas la que más me gusta es la última.
—La leí, desde luego. Pero me parece que “Las mañanas vacías” es mejor, la heroína me conmovió mucho.

Ximena solo era un año mayor que yo. Pero la diferencia en edad parecía aumentar por su carácter extrovertido, su vitalidad de fierecilla sin domar y con una curiosidad ingobernable. Y más resaltaba si se comparaba con mi pereza innata. Yo la seguía como atraído por una fuerza de gravedad tan cierta y mensurable como la que mantiene a los planetas en sus lugares. Tuve que llegar a una edad avanzada para recién ahí encontrar sus puntos débiles. Cuando digo avanzada exagero, diecisies años no es avanzada ni nada. Pero fue la edad de mis mejores descubrimientos.

Trato que Ángela entienda que un escritor es un tipo como cualquiera, con las mismas penurias cotidianas de las cuentas por pagar y el padecimiento por los errores cometidos.
—Y de errores puedo dictar cien seminarios. Y algunos errores que fueron horrores. Como todo el mundo ¿no?
—Es verdad, todos metemos la pata en algún momento. Todos tenemos un punto flaco que nos regala algún que otro resbalón —dice la mujer, jugando distraída con sus pulseras.


Cuando nació Pedrito, Ximena y yo tácitamente hicimos un pacto de asistencia recíproca. Todas las atenciones eran para aquel renacuajo oscuro, y pasamos nosotros a un segundo plano bastante gris y deslucido.  Tal vez Pedrito captó nuestra temprana inquina, y planificó todas las porquerías posteriores como una forma de venganza. Podría ser… Lo hablamos mucho con Ximena, para llegar siempre a la misma conclusión: árbol que nace torcido: es al ñudo que lo fajen.

—¿Va a Villa Orión? Yo vivo allá —me dice Ángela, decidida a entablar una conversación conmigo, el escritor que al igual que ella viaja al norte en una noche de junio.
—Voy sí a Villa Orión, pero a un entierro.
—Lo siento mucho. ¿Algún familiar?
—Yo no lo siento, así que no se preocupe. Familiar si, primo.
—En mi familia los primos somos como hermanos ¿sabe? Familia muy unida la mía.

Mi familia también es muy unida. Tía Delcia es como una madre para mí, como lo fue mi abuela. Y con Ximena, ahora, menos inocentes, somos como hermanos. Pero hubo un tiempo que hicimos caso omiso a toda otra cosa que no fuera aprender de nosotros mismos, de nuestros incipientes fuegos en la piel. Fue un tiempo efímero, pero fundamental en el aprendizaje de mis pulsiones y mis límites. Ahora ella está casada, tiene tres hijos divinos. El amor que nos tenemos ha mutado a algo más convencional, con menos aristas filosas, que nunca tuvimos intención de causar daño. Por lo menos no hemos causado tanto daño como Pedrito, el oveja negra de la familia.

—Mi esposo es técnico en calderas de vapor, y trabajará en Alur unos dos o tres años, así que de momento vivimos allá. ¿Va a estar muchos días? Me gustaría invitarle a mi casa, Pablo estaría encantado.
—No más de un día, dos sería lo máximo, y tres solo en caso de Apocalipsis avanzado. En unos días tengo que viajar.
  
Tía Delcia decía “Pedrito se fue de viaje”. Pobre tía, haciendo el ridículo tratando de encubrir a su hijo, cuando en realidad todo el mundo sabía que estaba preso. Su foto y nombre había salido en los diarios, pero ella, imperturbable decía que “tuvo que viajar, lejos, no sabe cuando vuelve, estos muchachos…” decía, sin que nadie se animara a contradecirla, no por miedo sino por auténtica conmiseración para con ella.

Recuerdo la vez que tuve que ir sacarlo de la comisaría, en los comienzos de sus días de bandido. Como era menor pude arreglar con la policía que lo tendríamos bajo riguroso cuidado los próximos meses. Él salió con un aire socarrón de la comisaría, ufano de la trapisonda cometida (el robo de una farmacia con destrucción de estanterías y balanzas, mezclas de remedios y reactivos). Ni bien llegamos a mi casa le dí una paliza. Sabía que sería una de las últimas: estaba agarrando a ojos vistas un físico envidiable, pura musculatura de piedra y tendones como alambres acerados.

Cuando Pedrito nos descubrió, no tuvimos manera de negar nada. Tía Delcia nos tildó de degenerados, de pecadores, desvergonzados sinvergüenzas. El soplón se reía a sus espaldas y contorneaba sus caderas en un remedo grosero y tosco de nosotros. Ximena recibió todas las penitencias y castigos de su madre sin lagrimear, sin chistar. A mí me mandaron de regreso a la casa de mamá. Semanas más tarde, por disputarse un rato de bici Pedrito le dio una paliza. Los tres supimos desde siempre que la tunda de patadas y puñetazos nada tenía que ver con la bicicleta.

—…y desde luego, no lograba sacar a flote el noviazgo, parecía una mariposita de alas inservibles… —decía Ángela, y yo interponía algún “ajá”, “desde luego” y “mire usted”; estaba primando mi parte gentil sobre la otra, la que pugnaba por salirse con algún improperio que acallara esa vocecita susurrante, que quería hablarme a mí sin molestar al resto de los pasajeros.


La primera hija de Pedrito le cayó a tía Delcia sin aviso. Un buen día se presentó una chiqulina de no más de 16 años, con su madre. La señora llevaba una bebita en brazos. “Somos más pobres que ustedes, y según la nena quien la violó fue su hijo, aquí se la dejo” Media vuelta y se fueron, madre y abuela, sin mirar atrás. Tía Delcia levantó del suelo a la bebita. La llamó Ofelia. Con el tiempo, tía Delcia logró amar a esa nieta como si fuera su hija. Era natural: tiene un corazón más grande que ella. Lo reconozco a pesar de todo. Pedrito no quiso saber nada de hacer de padre.

La charla de Ángela se fue apagando, quizá descifrando acertadamente que mi parquedad era una invitación al silencio, a compartir el roce somnoliento de las ruedas de un ómnibus corriendo por una carretera invisible, sumidos todos en una burbuja oscura e impenetrable como los misterios del cosmos.

Pedrito entró en contacto con una clínica de abortos clandestina en Uruguayana, quienes le ofrecieron una comisión por cada candidata al aborto que suministrara. Pedrito, dueño de una labia hipnótica y una desfachatez a toda prueba, logró crear un flujo de muchachas embarazadas hacia la tierra prometida de la solución final. Lo contactaban familias pudientes y no tanto de Artigas, Salto, Paysandú, Tacuarembó inclusive.  En el medio de ese ajetreo fue obligado a casarse con una niña que había embarazado. Era eso o un seguro destino de sabandija reventado por sus cuñados, que es raza de mal traer los Pellejeros del norte, y Pedrito sería loco pero no mascaba vidrio.

Ángela, dormida, ha ido derivando con su humanidad hacia mí. Su cabeza, casi sin peso, reposa desde hace unas cuantas leguas sobre mi pecho. Me mantuve quieto un buen rato, para no despertarla. Supongo que prefería eso a que empezara a hablarme otra vez, pero se me estaba acalambrando el brazo, por lo que no me quedó más remedio que abrazarla, pasando mi brazo por atrás de ella. Su perfume en el medio de ese universo azabache hizo el resto.  Me dí cuenta que se hacía la dormida cuando al intentar oler su cuello acertó a besarme en la boca. “Que dirá el técnico en tanques de vapor” le dije al oído. “No es dios, gracias a dios” me respondió. “Y yo no califico ni para beato, sería bueno que lo sepas” le dije. Ella se abrazó a mí, sin decir más nada. Quise dormirde nuevo, me había mantenido despierto, pero tenía mucho sueño.


Ni bien cerré los ojos, Pedrito se me apareció con sus lentes oscuros con aros de oro, sus manos con muchos anillos refulgentes, su reloj pulsera deslumbrante, y aquella mirada socarrona, sobradora, que era su marca registrada.  El mismo descaro de cuando me contaba que sí, que era cierto: era socio de un burdel en Uruguayana. Y me daba cátedra de cuanto rinde una mujer por noche, pero obvio, hay que estar arriba, ya lo dice el refrán el ojo del amo engorda el ganado.

—Vas a terminar mal.
—¿Quién te dijo? Hace años que ando en esto, y tengo más guita que vos, escribidor de cuarta.
—Además —prosigo ignorando sus palabras despectivas, que logran demasiadas veces renovar el odio que le tengo— de todo el dolor que le causás a tu madre.
—Que se joda, yo no le pedí para venir a este basural.
—Pedrito, cada día que pasa sos mas y mejor hijo de puta. La verdad que hasta una mierda como vos, si se lo propone, logra superarse. Te felicito.
—No jodas Onetti, dejate de boludeces y andá a calentarte con mi hermana.

Ximena hace acto de presencia, como un relámpago, solo para que nuestras miradas se crucen, solo para decirme sin hablar que quiere verlo muerto, y que por favor que yo la ayude.  Ni tiempo tengo de ensayar una seña, de ponerle intenciones a mi mirada. Ángela se mueve y me despierta, en vez de Ximena tengo entre mis brazos a una desconocida, que respira pacíficamente derramando sobre mí el manantial oscuro de sus cabellos.
  
En Villa Orión ya están velando a Pedrito. Yo llegaré justo a tiempo para el entierro: así lo he planificado. Mi profecía (y la de muchos otros) se ha cumplido: un poco de él estaba en un costado de las vías del tren, la cabeza y una pierna al otro lado. Dejaron el hacha, toda manchada de rojo, clavada a un durmiente. El dinero que llevaba estaba por todos lados, pegoteados en los pastos y en las piedras, soportando con estoicismo la leve brisa que sopló la noche del crimen.  Yo solo quería que tía Delcia me viera, que supiera que estuve a su lado en esos momentos. No sé para qué, pues cada vez conoce menos a las personas, cambia los nombres y los parentescos, le erra a las edades, y por lo que me cuentan, sigue diciendo que Pedrito está de viaje.

Llego. Las veo a las tres. Tía Delcia al medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Desearía mostrar alguna lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un gesto medido de pesadumbre. Me acerco a ellas. La gente se abre paso, y capto palabras sueltas del cuchicheo que se produce. Palabras como “escritor” y “sobrino” se garabatean en el aire mortuorio, mezcladas con otras:  “diferentes” , “famoso”.

—Al fin —dice Ximena. Me alegró darme cuenta que no ha llorado. Me ilusiono con la vigencia de un remoto pacto no escrito.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste —dice mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan grande ha caído sobre nosotros!


Con la excusa de traer un té Ofelia me deja su lugar. Abrazo a mi tía y a mi prima. No sé qué decirles. No sé qué otra cosa puedo hacer. Entonces las sigo abrazando, durante un tiempo que parece interminable.

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