El padre Pablo casi no se despidió de su interlocutor, quien al otro lado de la línea había cumplido las órdenes del obispo al pie de la letra. Se extrañó que Pablo, siempre tan educado y con una pizca muy bien dosificada de adulonería, apenas musitase un desleído "gracias", y colgase. Es que el padre Pablo había quedado desconcertado. No sabía si la noticia ameritaba un brindis o no. Y asi, con la mente en blanco, su figura esquelética y de movimientos nerviosos, como los de un redivivo Quijote enfundado en una sotana oscura, permaneció en silencio un buen cuarto de hora.
-Que raro esto -pensó, caminando en el patio en torno al aljibe, las manos entrelazadas a la espalda, levemente encorvado, su calva incipiente brillando de a ratos. El sonido de sus zapatones en el piso de madera era apenas interrumpido por el ladrido del perro de los Mendiola, los vecinos del fondo.
-Que raro esto, creo que el obispo me quiere complicar... que raro esto.
La cocinera le anuncia que la comida ya está servida, y el padre Pablo, sin detener su marcha en círculos, sin levantar la mirada de los trechos de madera que se extienden frente a él, siempre los mismos, pero siempre distintos, le responde:
-Gracias Sebastiana, ya voy.
Y de esta manera, estimados lectores, el padre Pablo me dá pie para presentarles a Sebastiana Márquez. Es una mujer entrada en carnes (gorda es mas fácil y entendible, pero ese lugar común como que le dá algo de vuelo al texto ¿vio?), que anda en la cornisa de los 55 años aproximadamente, es cocinera oficial de la parroquia desde hace unos quince años. Pero es empleada desde hace muchos mas años. Antes no solo cocinaba, sino que ademas era la lavandera y la limpiadora. Pero gracias al avance de la edad y los kilos, había conseguido de un cura anterior (Fedo López, ya hablaremos de él) ser destinada solamente a la cocina, lugar donde siempre se había desempeñado con notas altas y felicitaciones de la mesa.
Sebastiana es muy celosa de su recinto y sus implementos. Ni siquiera el obispo, cuando visita Villa Orión, osa usar un vaso sin preguntarle a ella antes, cual de todos los vasos puede usar. Todos la tienen por persona discreta y de confianza. Ella, astuta, calla y anota en su mente todo. Para ella nunca hubieron datos insignificantes. Aprendió sin maestro alguno, que un dato superfluo, mas otro dato inútil, mas un dato ambiguo, mas un dato de conocimiento público puede hacer surgir una conclusión apasionante, que le dé a ella una mísera cuota de poder entre esos hombres célibes que a lo largo de los años han ido pasando por su cocina. No todas las miserias humanas podrían ser endilgadas a los curas que anduvieron por Villa Orión. No todas, pero Sebastiana cree que algunas si, en base a datos sueltos, desperdigados, que ella arma y desarma en su cabeza, mientras troza zanahorias o pela papas. Y todo lo anota en su corazón.
Y viendo todo lo que pasó luego, cuando llegó el cura nuevo, y se organizó secretamente la rebelión de las beatas, es dable imaginar que había logrado Sebastiana con sus artimañas de novelista (o de simple vieja chismosa y mal intencionada, que a los efectos es lo mismo y/o poco importa la diferencia), tener a unos cuantos jerarcas de la iglesia como agarrados de las bolas (bueno, es una expresión nada mas, no hay por que enojarse, por favor, mas tolerancia con este humilde escribidor, please).
Hasta el próximo post.
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