sábado, 15 de junio de 2013

Cuento: Migulete y la diosa sin alas



Me llamo Jimmy Parker, natural de Shawnee, Oklahoma. Activista de primera hora y línea contra la guerra de Vietnam, practicante del amor libre y de la cultura beatnik, uno más de los locos de Woodstock. La larga cadena de hechos que me hicieron terminar en este pueblito al sur del mundo darían para una novela, pero solo diré que empecé por Tamaulipas, seguí luego a Panamá, Guatemala, el Mato Grosso, Quito, Asunción, Encarnación, Curuzú Cuatiá, para terminar mis días acá en Villa Orión. Nada queda de aquel hombre robusto y alegre que fui, de aquel clarinetista medianamente bueno ni de aquel tirador de puntería infalible. A fuer de sincero, poca cosa queda realmente del ser humano que fui, venido a este mundo sin otro destino que vagabundear sin destino.
He vivido los últimos quince años en el rancho miserable de mi amigo Miguel, un hombre anclado en sus recuerdos de trapecista de circo. Cuando lo conocí estaba tan borracho que al salir del prostíbulo en que estábamos cayó en una cuneta llena de agua podrida y barrosa. Pude salvarlo porque intuí en un relámpago de lucidez que ese hombre iba errarle al puentecito que había que pasar para llegar a la calle. Lejos estaba yo de estar sobrio, pues había bebido tanto o más que él, pero algo me alertó, en medio de las cumbias y las risas, que por las dudas era mejor ir a ver a ese borracho triste y llorón. Embarrados ambos, zigzagueando por las callejas oscuras del villorrio, ayudados por otro amigote de esos que nunca faltan, gracias a dios, llegamos a su rancho. Cansado y ebrio, en el primer rincón que pude me tiré a dormir. Recién el otro día, ni bien abrí los ojos, vi a Zelmira en su silla de ruedas, pelando chauchas.
—Buen día don.
—Buen día señora, ¿Qué hora es? Debe ser tardísimo.
—Depende. Lo temprano y lo tarde dependen de cada uno —respondió con una voz seca y ronca.
—Tiene razón —dije, y volví a dormirme.
 Y así sin darme cuenta, me aquerencié y me fui quedando.

Con el paso del tiempo algo de sus historias fui reconstruyendo en mi cabeza, en base a datos sueltos, a veces discordantes, que pude conseguir de ellos. De Zelmira cuando estaba sola y en pago a los relatos de mis aventuras desde allá arriba hasta este culo del mundo. Le encantaba oír de mi estadía con los indios en Guatemala y en el Brasil, pero también  que le contara una y otra vez lo que había visto y hecho en las protestas contra Nixon, así como de las miniorgías al aire libre de Woodstock.
En ese trueque de historias yo siempre salía perdiendo, pues lo que ella contaba siempre era mínimo.
—Es que soy mujer, no un yanqui aventurero como usted —me decía al defenderse de mis reclamos.
Los datos de Miguel, en cambio, los obtenía en los bares y lupanares de los que éramos habitués, luego de ingentes cantidades de caña blanca. Con el tiempo llegué a la medida aproximada de alcohol que soportaba antes de ponerse meláncolico y lacrimoso. En tal estado era poco y nada lo que obtenía, pero antes de llegar a eso, lo que yo conseguía era mayor, en desmedro tal vez de la calidad de los datos. Pero el ideal, con Miguelete, no existía.

Supe que Zelmira y Miguelete se conocieron en el circo. Ella era hija del payaso y la gorda que hacía malabares en un barril y en una bicicleta con una rueda sola. Se habían unido al circo en un suburbio de Buenos Aires, y cuando entraron al mismo la niña tenía 10 años. El peregrinaje por toda la Argentina, el Uruguay y el sur de Brasil, había sido para los dos jóvenes un tiempo de aprendizaje y conocimiento, un hermoso tiempo de libertad y goce. El que se hicieran novios era tan natural y previsible que a nadie sorprendió. Cuando el payaso viejo y su esposa decidieron salirse de esa vida de gitanos, Zelmira heredó el carromato, y allá se instalaron ellos, felices y contentos. Miguelete había aprendido de su padre todos los trucos del trapecio, y entre padre e hijo hicieron de Zelmira una hermosa diosa que hacía en el aire saltos mas arriesgados que los que ellos mismos se atrevían, de manera tal que con el paso de los años, la verdadera atracción que llenaba la carpa era la fama de una mujer que volaba.
—Ese era mi nombre: “Zelmira: la diosa sin alas”.
—¿Y Miguel?
—Él era “Miguelete, el halcón humano”. Era bastante bueno, pero yo era mejor.

Según Miguel, ella, allá arriba, parada bien derechita, con los brazos en cruz, concentrada en el trapecio que ondulaba unos metros mas abajo, era una loca que no creía en la muerte.
—No es que fuera mejor, solo era mas inconsciente, una demente irresponsable —me decía, sosteniendo entre sus manos el vaso vacío que yo, con estudiada mezquindad, demoraba en volver a llenar.

Pero de la noche fatal ninguno de los dos quería hablar. Yo empecé a obsesionarme con ese pedacito de la historia que entre los dos me escamoteaban. Quería saber como sucedió. Que hizo ella, que hizo él. Solo puedo adivinar el estupor de la gente viendo como la diosa sin alas erraba el manotón al fierro del trapecio, que desbalanceado pasaba a milímetros de sus manos, despidiendo destellos dorados como un refucilo premonitorio de la fugacidad de lo eterno. Quedó colgada de una malla defectuosa con las piernas en posiciones inconcebibles, ajena al griterío, los llantos, las órdenes gritadas a la nada, el atolondramiento de tantos que no pueden aceptar que la diosa haya caído, mientras allá arriba prosigue el trapecio con su balanceo desacomodado mientras el halcón humano, con una rigidez de estatua, se pregunta si lo que le duele en el pecho se llama remordimiento.

Recién cuando enviudó (hace nueve días), supe lo que había pasado.
—Muchas veces le pedí que me diera un hijo, o dos, o tres. Yo amaba a esa mujer. Tenía derecho a pedirle eso, solo a ella podría pedirle algo así.
—No seas loco Miguelete. Tendría que dejar de volar. Dejar de ser diosa para lavar pañales… ¡ni loca!
—Te juro Jimmy, cuando era trapecista ella no era ella. Allá arriba era así desde niña, pero esa posesión maligna se fue dando en tierra también. Ella era la diosa y yo el más insignificante de sus acólitos. El invento matando al inventor, como tantas veces.
Así las cosas, para no correr riesgos, ella dejó de tener sexo con él. Iban ya para casi un año arrastrando esa situación malsana, cuando ella le pide para separarse.
—Zelmira, de verdad te digo: me estás matando.
—No seas tremendista, podemos seguir como amigos.

—Acepté Jimmy. Consideré la alternativa de irme, dejar el circo. Siempre me gustó hacer cosas trabajando el cuero. Carteras, cinturones, cosas así. Pero eso sería alejarme de ella, por lo que seguí en lo mismo. No había pasado un mes, y me dio otra puñalada, esta vez mortal. Fijate vos:
—Miguel, antes que lo sepas por chismes, te lo digo yo: estoy embarazada.
—Me quede sin habla Jimmy, y sentí como resbalaban mis lágrimas. Me vi ridículo en mi traje de trapecista, azul con listones rojos y botones dorados, las muñecas bien ajustadas con las vendas, lo mismo que mis pies. Yo la miré. En la diosa aún no se notaba nada, pero ahora sabía que allí adentro latía una vida que a mí se me había negado. Me estaban masacrando con total impunidad. Para calmarme, solo para calmarme me dije para mí mismo: “yo soy Miguel Inocencio Farías, un hombre que hay que respetar”.
—¿No me vas a decir nada?
—Nada Zelmira. Me hubiera gustado que fuera diferente, pero que le vamos a hacer.
—¿Ni preguntar de quien?
—Menos que menos. Ahora dejame solo, que tengo que practicar.
—Y fue lo que hizo. Me dejó solo, allá arriba con los tres trapecios para mi solito. Volé como nunca, sin que me importara que fuera solo una práctica, ni que abajo no hubiera red. Cuanto desprecié la vida, cuando deseé caerme y hacerme mierda, fue cuando mas volé y los trapecios volaban a mí y se dejaban atrapar y me llevaban en el aire. Y yo saltaba de uno a otro, sin medir los tiempos ni las distancias, solo volaba, deseando caerme y hacerme puré contra el suelo. El aire me abrazaba y el calor de la mañana que se colaba por entre las lonas enloquecía mis sentidos. Nunca anhelé tanto el abrazo de la muerte, jamás la había tenido erizándome la piel y aguzando mi vista como en aquellos momentos. Pero la parca pasó de largo. Me besó y se fue. Bajando por la cuerda cuando terminé la práctica, la cité mentalmente: te quiero de nuevo esta noche, para que volemos de nuevo pero con la diosa sin alas.

—Miguel, trabajaré en el circo solo hasta fin de mes.
—Te entiendo Zelmira, ahora lo más importante es tu embarazo ¿verdad?
—Si, gracias por comprender. Sós la gran persona que conocí.
—Me di media vuelta Jimmy y me fui sin responderle. “Si todo sale bien Zelmira, tu fin de mes será esta noche”.

Demasiado tarde me di cuenta que Miguel se estaba descargando de sus pecados sin necesidad de un vaso de caña. Estábamos en el rancho. Ya hacía un buen rato que había oscurecido y que de la carpintería de Segovia no llegaban los ruidos de las sierras ni el golpeteo de los martillos. Afuera los perros se turnaban para conversar a los aullidos.

Miguelete, parado en el sillín izquierdo, sostenía el trapecio mayor con sus dos manos. Como en un ritual, levanta sus brazos y el fierro iluminado por los reflectores bajos es para Zelmira una línea de oro que se levanta lentamente. Miguelete arquea su cuerpo para atrás. Ella calcula los tiempos. La línea dorada desaparece, para aparecer de nuevo bajando con lentitud. Cuando se detiene una fracción de segundos ella salta, los brazos abiertos, da una voltereta usando su columna como eje,  y extiende sus brazos. Aún con los ojos cerrados puede tomar el trapecio que obediente sigue bajando hacia ella. Pero no tiene los ojos cerrados. La diosa siempre volaba con los ojos bien abiertos, y con los ojos bien abiertos ve que el trapecio viene más lento y algo torcido. Manotea el aire y se agarra a la nada.

—Por desgracia Jimmy, la muerte faltó a la cita. Quedó tullida, perdió su embarazo, el gran hombre nunca se apareció.
—Y decidiste dejar todo y traértela contigo.
—Desde luego. Aun postrada, casi inservible, yo la amaba. Siempre la amé.

A los días de esta confesión, borracho hasta las patas, Miguel se puso a llorar en el quilombo, pidiendo por favor que venga “la Zelmira”.
—Que se desocupe de una vez y que venga conmigo. Yo soy Miguel Inocencio Farías carajo, un hombre que hay que respetar.

Como pude lo traje al rancho y lo acosté. Sabía donde escondía una damajuanita de 3 litros de caña brasilera. Me la llevé a mi camastro, y del pico nomás me la tomé casi toda. El resto fue a parar al colchón y al piso mugriento de tierra y escupitajos.

Ahora, el sol ya está en lo más alto. Hasta dentro de un año ya no habrán mas briznas en Villa Orión viajando por el aire como leves maripositas negras. El calor está haciendo crecer los cañaverales, y el mormazo esconde a la gente y los perros bajo los aleros y la sombra de los árboles.
Miguel Farías, con una bolsa llena de trapos ensangrentados, va rumbo a la comisaría. Responde hosco al saludo del viejo Buiuka que lleva leña a lomos de su burro, esquiva más adelante a unos gurises que en la vereda de tierra hacen bailar sus trompos.
—Me vengo a entregar comisario, y aquí está la prueba del delito —dice temblando, alcanzando el morral al policía más cercano.

El policía lo abre y con un gesto de asco lo suelta y recula como ante una serpiente venenosa. El comisario, impulsivo, manotea la bolsa y la vuelca en el escritorio. De entre los trapos enrojecidos, aparece mi cabeza que aún conserva mi mirada horrorizada, congelada para siempre. Así terminé yo, Jimmy Parker, natural de Shawnee, Oklahoma.

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