Me llamo Jimmy Parker, natural de Shawnee,
Oklahoma. Activista de primera hora y línea contra la guerra de Vietnam,
practicante del amor libre y de la cultura beatnik, uno más de los locos de
Woodstock. La larga cadena de hechos que me hicieron terminar en este pueblito
al sur del mundo darían para una novela, pero solo diré que empecé por
Tamaulipas, seguí luego a Panamá, Guatemala, el Mato Grosso, Quito, Asunción, Encarnación,
Curuzú Cuatiá, para terminar mis días acá en Villa Orión. Nada queda de aquel
hombre robusto y alegre que fui, de aquel clarinetista medianamente bueno ni de
aquel tirador de puntería infalible. A fuer de sincero, poca cosa queda
realmente del ser humano que fui, venido a este mundo sin otro destino que
vagabundear sin destino.
He vivido los últimos quince años en el rancho
miserable de mi amigo Miguel, un hombre anclado en sus recuerdos de trapecista de
circo. Cuando lo conocí estaba tan borracho que al salir del prostíbulo en que
estábamos cayó en una cuneta llena de agua podrida y barrosa. Pude salvarlo
porque intuí en un relámpago de lucidez que ese hombre iba errarle al
puentecito que había que pasar para llegar a la calle. Lejos estaba yo de estar
sobrio, pues había bebido tanto o más que él, pero algo me alertó, en medio de
las cumbias y las risas, que por las dudas era mejor ir a ver a ese borracho
triste y llorón. Embarrados ambos, zigzagueando por las callejas oscuras del
villorrio, ayudados por otro amigote de esos que nunca faltan, gracias a dios,
llegamos a su rancho. Cansado y ebrio, en el primer rincón que pude me tiré a
dormir. Recién el otro día, ni bien abrí los ojos, vi a Zelmira en su silla de
ruedas, pelando chauchas.
—Buen día don.
—Buen día señora, ¿Qué hora es? Debe ser
tardísimo.
—Depende. Lo temprano y lo tarde dependen de
cada uno —respondió con una voz seca y ronca.
—Tiene razón —dije, y volví a dormirme.
Y así
sin darme cuenta, me aquerencié y me fui quedando.
Con el paso del tiempo algo de sus historias
fui reconstruyendo en mi cabeza, en base a datos sueltos, a veces discordantes,
que pude conseguir de ellos. De Zelmira cuando estaba sola y en pago a los
relatos de mis aventuras desde allá arriba hasta este culo del mundo. Le encantaba
oír de mi estadía con los indios en Guatemala y en el Brasil, pero también que le contara una y otra vez lo que había
visto y hecho en las protestas contra Nixon, así como de las miniorgías al aire
libre de Woodstock.
En ese trueque de historias yo siempre salía
perdiendo, pues lo que ella contaba siempre era mínimo.
—Es que soy mujer, no un yanqui aventurero como
usted —me decía al defenderse de mis reclamos.
Los datos de Miguel, en cambio, los obtenía en
los bares y lupanares de los que éramos habitués, luego de ingentes cantidades
de caña blanca. Con el tiempo llegué a la medida aproximada de alcohol que
soportaba antes de ponerse meláncolico y lacrimoso. En tal estado era poco y
nada lo que obtenía, pero antes de llegar a eso, lo que yo conseguía era mayor,
en desmedro tal vez de la calidad de los datos. Pero el ideal, con Miguelete,
no existía.
Supe que Zelmira y Miguelete se conocieron en
el circo. Ella era hija del payaso y la gorda que hacía malabares en un barril
y en una bicicleta con una rueda sola. Se habían unido al circo en un suburbio
de Buenos Aires, y cuando entraron al mismo la niña tenía 10 años. El
peregrinaje por toda la Argentina, el Uruguay y el sur de Brasil, había sido
para los dos jóvenes un tiempo de aprendizaje y conocimiento, un hermoso tiempo
de libertad y goce. El que se hicieran novios era tan natural y previsible que
a nadie sorprendió. Cuando el payaso viejo y su esposa decidieron salirse de
esa vida de gitanos, Zelmira heredó el carromato, y allá se instalaron ellos,
felices y contentos. Miguelete había aprendido de su padre todos los trucos del
trapecio, y entre padre e hijo hicieron de Zelmira una hermosa diosa que hacía
en el aire saltos mas arriesgados que los que ellos mismos se atrevían, de
manera tal que con el paso de los años, la verdadera atracción que llenaba la
carpa era la fama de una mujer que volaba.
—Ese era mi nombre: “Zelmira: la diosa sin
alas”.
—¿Y Miguel?
—Él era “Miguelete, el halcón humano”. Era
bastante bueno, pero yo era mejor.
Según Miguel, ella, allá arriba, parada bien
derechita, con los brazos en cruz, concentrada en el trapecio que ondulaba unos
metros mas abajo, era una loca que no creía en la muerte.
—No es que fuera mejor, solo era mas
inconsciente, una demente irresponsable —me decía, sosteniendo entre sus manos
el vaso vacío que yo, con estudiada mezquindad, demoraba en volver a llenar.
Pero de la noche fatal ninguno de los dos
quería hablar. Yo empecé a obsesionarme con ese pedacito de la historia que
entre los dos me escamoteaban. Quería saber como sucedió. Que hizo ella, que
hizo él. Solo puedo adivinar el estupor de la gente viendo como la diosa sin
alas erraba el manotón al fierro del trapecio, que desbalanceado pasaba a
milímetros de sus manos, despidiendo destellos dorados como un refucilo
premonitorio de la fugacidad de lo eterno. Quedó colgada de una malla
defectuosa con las piernas en posiciones inconcebibles, ajena al griterío, los
llantos, las órdenes gritadas a la nada, el atolondramiento de tantos que no pueden
aceptar que la diosa haya caído, mientras allá arriba prosigue el trapecio con
su balanceo desacomodado mientras el halcón humano, con una rigidez de estatua,
se pregunta si lo que le duele en el pecho se llama remordimiento.
Recién cuando enviudó (hace nueve días), supe
lo que había pasado.
—Muchas veces le pedí que me diera un hijo, o
dos, o tres. Yo amaba a esa mujer. Tenía derecho a pedirle eso, solo a ella
podría pedirle algo así.
—No seas loco Miguelete. Tendría que dejar de
volar. Dejar de ser diosa para lavar pañales… ¡ni loca!
—Te juro Jimmy, cuando era trapecista ella no
era ella. Allá arriba era así desde niña, pero esa posesión maligna se fue
dando en tierra también. Ella era la diosa y yo el más insignificante de sus
acólitos. El invento matando al inventor, como tantas veces.
Así las cosas, para no correr riesgos, ella
dejó de tener sexo con él. Iban ya para casi un año arrastrando esa situación
malsana, cuando ella le pide para separarse.
—Zelmira, de verdad te digo: me estás matando.
—No seas tremendista, podemos seguir como
amigos.
—Acepté Jimmy. Consideré la alternativa de
irme, dejar el circo. Siempre me gustó hacer cosas trabajando el cuero.
Carteras, cinturones, cosas así. Pero eso sería alejarme de ella, por lo que
seguí en lo mismo. No había pasado un mes, y me dio otra puñalada, esta vez
mortal. Fijate vos:
—Miguel, antes que lo sepas por chismes, te lo
digo yo: estoy embarazada.
—Me quede sin habla Jimmy, y sentí como
resbalaban mis lágrimas. Me vi ridículo en mi traje de trapecista, azul con
listones rojos y botones dorados, las muñecas bien ajustadas con las vendas, lo
mismo que mis pies. Yo la miré. En la diosa aún no se notaba nada, pero ahora
sabía que allí adentro latía una vida que a mí se me había negado. Me estaban
masacrando con total impunidad. Para calmarme, solo para calmarme me dije para
mí mismo: “yo soy Miguel Inocencio Farías, un hombre que hay que respetar”.
—¿No me vas a decir nada?
—Nada Zelmira. Me hubiera gustado que fuera
diferente, pero que le vamos a hacer.
—¿Ni preguntar de quien?
—Menos que menos. Ahora dejame solo, que tengo
que practicar.
—Y fue lo que hizo. Me dejó solo, allá arriba
con los tres trapecios para mi solito. Volé como nunca, sin que me importara
que fuera solo una práctica, ni que abajo no hubiera red. Cuanto desprecié la
vida, cuando deseé caerme y hacerme mierda, fue cuando mas volé y los trapecios
volaban a mí y se dejaban atrapar y me llevaban en el aire. Y yo saltaba de uno
a otro, sin medir los tiempos ni las distancias, solo volaba, deseando caerme y
hacerme puré contra el suelo. El aire me abrazaba y el calor de la mañana que
se colaba por entre las lonas enloquecía mis sentidos. Nunca anhelé tanto el abrazo
de la muerte, jamás la había tenido erizándome la piel y aguzando mi vista como
en aquellos momentos. Pero la parca pasó de largo. Me besó y se fue. Bajando
por la cuerda cuando terminé la práctica, la cité mentalmente: te quiero de
nuevo esta noche, para que volemos de nuevo pero con la diosa sin alas.
—Miguel, trabajaré en el circo solo hasta fin
de mes.
—Te entiendo Zelmira, ahora lo más importante
es tu embarazo ¿verdad?
—Si, gracias por comprender. Sós la gran
persona que conocí.
—Me di media vuelta Jimmy y me fui sin
responderle. “Si todo sale bien Zelmira, tu fin de mes será esta noche”.
Demasiado tarde me di cuenta que Miguel se
estaba descargando de sus pecados sin necesidad de un vaso de caña. Estábamos
en el rancho. Ya hacía un buen rato que había oscurecido y que de la
carpintería de Segovia no llegaban los ruidos de las sierras ni el golpeteo de
los martillos. Afuera los perros se turnaban para conversar a los aullidos.
Miguelete, parado en el sillín izquierdo,
sostenía el trapecio mayor con sus dos manos. Como en un ritual, levanta sus
brazos y el fierro iluminado por los reflectores bajos es para Zelmira una
línea de oro que se levanta lentamente. Miguelete arquea su cuerpo para atrás.
Ella calcula los tiempos. La línea dorada desaparece, para aparecer de nuevo
bajando con lentitud. Cuando se detiene una fracción de segundos ella salta,
los brazos abiertos, da una voltereta usando su columna como eje, y extiende sus brazos. Aún con los ojos
cerrados puede tomar el trapecio que obediente sigue bajando hacia ella. Pero
no tiene los ojos cerrados. La diosa siempre volaba con los ojos bien abiertos,
y con los ojos bien abiertos ve que el trapecio viene más lento y algo torcido.
Manotea el aire y se agarra a la nada.
—Por desgracia Jimmy, la muerte faltó a la
cita. Quedó tullida, perdió su embarazo, el gran hombre nunca se apareció.
—Y decidiste dejar todo y traértela contigo.
—Desde luego. Aun postrada, casi inservible, yo
la amaba. Siempre la amé.
A los días de esta confesión, borracho hasta
las patas, Miguel se puso a llorar en el quilombo, pidiendo por favor que venga
“la Zelmira”.
—Que se desocupe de una vez y que venga
conmigo. Yo soy Miguel Inocencio Farías carajo, un hombre que hay que respetar.
Como pude lo traje al rancho y lo acosté. Sabía
donde escondía una damajuanita de 3 litros de caña brasilera. Me la llevé a mi
camastro, y del pico nomás me la tomé casi toda. El resto fue a parar al
colchón y al piso mugriento de tierra y escupitajos.
Ahora, el sol ya está en lo más alto. Hasta dentro
de un año ya no habrán mas briznas en Villa Orión viajando por el aire como
leves maripositas negras. El calor está haciendo crecer los cañaverales, y el
mormazo esconde a la gente y los perros bajo los aleros y la sombra de los
árboles.
Miguel Farías, con una bolsa llena de trapos
ensangrentados, va rumbo a la comisaría. Responde hosco al saludo del viejo
Buiuka que lleva leña a lomos de su burro, esquiva más adelante a unos gurises
que en la vereda de tierra hacen bailar sus trompos.
—Me vengo a entregar comisario, y aquí está la
prueba del delito —dice temblando, alcanzando el morral al policía más cercano.
El policía lo abre y con un gesto de asco lo
suelta y recula como ante una serpiente venenosa. El comisario, impulsivo, manotea
la bolsa y la vuelca en el escritorio. De entre los trapos enrojecidos, aparece
mi cabeza que aún conserva mi mirada horrorizada, congelada para siempre. Así
terminé yo, Jimmy Parker, natural de Shawnee, Oklahoma.
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