viernes, 21 de junio de 2013

Cuento: Un retorno fugaz a Villa Orión

Estimados todos:  Hago un paréntesis en la seguidilla de notas sobre La Rebelión de las Beatas, para poner a vuestra consideración un cuento, llamado "Un retorno fugaz a Villa Orión".  Gracias.



UN RETORNO FUGAZ A VILLA ORION

Las veo a las tres. Tía Delcia al medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Quisiera derramar aunque sea una lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un medido gesto de pesadumbre.

—Al fin llegaste —dice Ximena. Me alegra darme cuenta que no ha llorado.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste —balbucea mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan grande ha caído sobre nosotros!

Cuando subí al ómnibus, me sobresaltó la diferencia de temperatura. Adentro hacía calor, siendo que dos escalones atrás el viento frío que me obligaba a mantener en alto el cuello del abrigo, amenazaba con sus puntazos de hielo permanecer a mi lado por largo tiempo. Busqué mi asiento con las mismas aprensiones de antaño, cuando este viaje lo hacía con frecuencia. Pero esta vez el destino se había apiadado de mí: viajaría al lado de una mujer que no llegaba a los cuarenta, pelo negro y lindos ojos. Mientras le pedía permiso para pasar y me acomodaba en mi asiento, recordé las veces que tuve que soportar las ocho horas del viaje al lado de gordos sudorosos, o ancianas de toses catarrientas, o muchachos fanfarrones y necios, de hablar alto aún en las altas horas de la madrugada. Pocas veces me ayudó mi hada madrina con su varita mágica, como hoy. Maniobré el asiento hasta dejarlo lo más horizontal que pude, y cerré los ojos.


Mi tía Delcia nos juntaba a la hora de la siesta para contarnos cuentos o jugar con nosotros algún juego de mesa; le gustaban la lotería y el  Ludo. A mí los juegos que mas me gustaban era el “robamontón” y el “culo sucio”. Me veo feliz, tirando el dado que me hace avanzar 5 casilleros, alcanzando a mi prima Ximena. Más atrás Pedrito y la misma tía Delcia, viendo casi resignados que esta vez ganaría Ximena. O yo. Las veces que tía Delcia le hacía lugar en su falda para que también él jugara, yo hacía cualquier cosa para que el juego terminara enseguida. Pedrito era insoportable, tramposo, y cuando nadie nos veía nos sacábamos la lengua. Mi mayor goce en aquellos momentos era verlo perder, y más si era yo el ganador. En tales casos Pedrito hacía pucheros y lloraba y pataleaba diciendo que ese juego era una porquería, que él nunca ganaba. Sin que la tía nos viera, Ximena y yo le hacíamos morisquetas y lo dejábamos solo y nos íbamos a jugar a otra cosa. Primero fue ese rechazo infantil, inocente y perdonable, pero luego, con el paso de los años, se convirtió en otra cosa peor.

Muchas veces, cuando nos escapábamos de Pedrito, nos íbamos a la quinta del abuelo. Al cobijo del maizal, hacíamos cigarros con barbas de choclo y fumábamos a escondidas, acostados en la tierra fresca. Arriba, algunas nubes tenían el privilegio de espiarnos. Éramos muchachitos de doce años, y fumar como el abuelo no era más que un juego. Pedrito estaba excluído, él era muy pequeño, y para colmo de males tan mentiroso y chismoso como doña Ursulina, la vecina de enfrente, que según tía Delcia era más falsa que moneda de tres pesos.

—Perdone señor —me dice la compañera de viaje. Me costó salirme de mi ensoñación, de regresar de días felices pero lejanísimos. La escuché como si me hablara de lejos, como un eco que con  tesón se fuera haciendo oír por mí.

—Perdone, ya estaba casi dormido —le dije mirándola, apreciando esos dos lamparones de luz canela que emitían una mirada limpia pero lujuriosa a la vez.

—Creo conocerlo… ¿usted es Roberto Ribas Campos?
—Si señora. ¿Y usted es?
—Ángela González, una lectora y admiradora de su obra.
—Gracias, muy amable —le dije estrechando la mano que me tendía y besando la mejilla que generosamente se me ofrecía. Un aroma exquisito (¿“Carolina Herrera” quizás?) mantenía en la piel de su cuello una promesa de odaliscas. En otro momento, a otra altura de mi vida, quizás tuviera la dosis necesaria de descaro como para intentar algo, pero hoy soy un guerrero cansado, con el único e incontrolable deseo de poder dormir antes de llegar al sepelio.
—Para usted, ¿cuál es su mejor novela?
—La que no puedo escribir, y quizás nunca lo logre —le digo, volviendo a arrellanarme lo mejor que puedo en el asiento. Pero creo que no es una manera elegante de terminar la entrevista con la única mujer que confiesa abiertamente haber leído algo de mí—. Perdone si sonó grosero, trataré de enmendarme revelándole un secreto: de mis novelas la que más me gusta es la última.
—La leí, desde luego. Pero me parece que “Las mañanas vacías” es mejor, la heroína me conmovió mucho.

Ximena solo era un año mayor que yo. Pero la diferencia en edad parecía aumentar por su carácter extrovertido, su vitalidad de fierecilla sin domar y con una curiosidad ingobernable. Y más resaltaba si se comparaba con mi pereza innata. Yo la seguía como atraído por una fuerza de gravedad tan cierta y mensurable como la que mantiene a los planetas en sus lugares. Tuve que llegar a una edad avanzada para recién ahí encontrar sus puntos débiles. Cuando digo avanzada exagero, diecisies años no es avanzada ni nada. Pero fue la edad de mis mejores descubrimientos.

Trato que Ángela entienda que un escritor es un tipo como cualquiera, con las mismas penurias cotidianas de las cuentas por pagar y el padecimiento por los errores cometidos.
—Y de errores puedo dictar cien seminarios. Y algunos errores que fueron horrores. Como todo el mundo ¿no?
—Es verdad, todos metemos la pata en algún momento. Todos tenemos un punto flaco que nos regala algún que otro resbalón —dice la mujer, jugando distraída con sus pulseras.


Cuando nació Pedrito, Ximena y yo tácitamente hicimos un pacto de asistencia recíproca. Todas las atenciones eran para aquel renacuajo oscuro, y pasamos nosotros a un segundo plano bastante gris y deslucido.  Tal vez Pedrito captó nuestra temprana inquina, y planificó todas las porquerías posteriores como una forma de venganza. Podría ser… Lo hablamos mucho con Ximena, para llegar siempre a la misma conclusión: árbol que nace torcido: es al ñudo que lo fajen.

—¿Va a Villa Orión? Yo vivo allá —me dice Ángela, decidida a entablar una conversación conmigo, el escritor que al igual que ella viaja al norte en una noche de junio.
—Voy sí a Villa Orión, pero a un entierro.
—Lo siento mucho. ¿Algún familiar?
—Yo no lo siento, así que no se preocupe. Familiar si, primo.
—En mi familia los primos somos como hermanos ¿sabe? Familia muy unida la mía.

Mi familia también es muy unida. Tía Delcia es como una madre para mí, como lo fue mi abuela. Y con Ximena, ahora, menos inocentes, somos como hermanos. Pero hubo un tiempo que hicimos caso omiso a toda otra cosa que no fuera aprender de nosotros mismos, de nuestros incipientes fuegos en la piel. Fue un tiempo efímero, pero fundamental en el aprendizaje de mis pulsiones y mis límites. Ahora ella está casada, tiene tres hijos divinos. El amor que nos tenemos ha mutado a algo más convencional, con menos aristas filosas, que nunca tuvimos intención de causar daño. Por lo menos no hemos causado tanto daño como Pedrito, el oveja negra de la familia.

—Mi esposo es técnico en calderas de vapor, y trabajará en Alur unos dos o tres años, así que de momento vivimos allá. ¿Va a estar muchos días? Me gustaría invitarle a mi casa, Pablo estaría encantado.
—No más de un día, dos sería lo máximo, y tres solo en caso de Apocalipsis avanzado. En unos días tengo que viajar.
  
Tía Delcia decía “Pedrito se fue de viaje”. Pobre tía, haciendo el ridículo tratando de encubrir a su hijo, cuando en realidad todo el mundo sabía que estaba preso. Su foto y nombre había salido en los diarios, pero ella, imperturbable decía que “tuvo que viajar, lejos, no sabe cuando vuelve, estos muchachos…” decía, sin que nadie se animara a contradecirla, no por miedo sino por auténtica conmiseración para con ella.

Recuerdo la vez que tuve que ir sacarlo de la comisaría, en los comienzos de sus días de bandido. Como era menor pude arreglar con la policía que lo tendríamos bajo riguroso cuidado los próximos meses. Él salió con un aire socarrón de la comisaría, ufano de la trapisonda cometida (el robo de una farmacia con destrucción de estanterías y balanzas, mezclas de remedios y reactivos). Ni bien llegamos a mi casa le dí una paliza. Sabía que sería una de las últimas: estaba agarrando a ojos vistas un físico envidiable, pura musculatura de piedra y tendones como alambres acerados.

Cuando Pedrito nos descubrió, no tuvimos manera de negar nada. Tía Delcia nos tildó de degenerados, de pecadores, desvergonzados sinvergüenzas. El soplón se reía a sus espaldas y contorneaba sus caderas en un remedo grosero y tosco de nosotros. Ximena recibió todas las penitencias y castigos de su madre sin lagrimear, sin chistar. A mí me mandaron de regreso a la casa de mamá. Semanas más tarde, por disputarse un rato de bici Pedrito le dio una paliza. Los tres supimos desde siempre que la tunda de patadas y puñetazos nada tenía que ver con la bicicleta.

—…y desde luego, no lograba sacar a flote el noviazgo, parecía una mariposita de alas inservibles… —decía Ángela, y yo interponía algún “ajá”, “desde luego” y “mire usted”; estaba primando mi parte gentil sobre la otra, la que pugnaba por salirse con algún improperio que acallara esa vocecita susurrante, que quería hablarme a mí sin molestar al resto de los pasajeros.


La primera hija de Pedrito le cayó a tía Delcia sin aviso. Un buen día se presentó una chiqulina de no más de 16 años, con su madre. La señora llevaba una bebita en brazos. “Somos más pobres que ustedes, y según la nena quien la violó fue su hijo, aquí se la dejo” Media vuelta y se fueron, madre y abuela, sin mirar atrás. Tía Delcia levantó del suelo a la bebita. La llamó Ofelia. Con el tiempo, tía Delcia logró amar a esa nieta como si fuera su hija. Era natural: tiene un corazón más grande que ella. Lo reconozco a pesar de todo. Pedrito no quiso saber nada de hacer de padre.

La charla de Ángela se fue apagando, quizá descifrando acertadamente que mi parquedad era una invitación al silencio, a compartir el roce somnoliento de las ruedas de un ómnibus corriendo por una carretera invisible, sumidos todos en una burbuja oscura e impenetrable como los misterios del cosmos.

Pedrito entró en contacto con una clínica de abortos clandestina en Uruguayana, quienes le ofrecieron una comisión por cada candidata al aborto que suministrara. Pedrito, dueño de una labia hipnótica y una desfachatez a toda prueba, logró crear un flujo de muchachas embarazadas hacia la tierra prometida de la solución final. Lo contactaban familias pudientes y no tanto de Artigas, Salto, Paysandú, Tacuarembó inclusive.  En el medio de ese ajetreo fue obligado a casarse con una niña que había embarazado. Era eso o un seguro destino de sabandija reventado por sus cuñados, que es raza de mal traer los Pellejeros del norte, y Pedrito sería loco pero no mascaba vidrio.

Ángela, dormida, ha ido derivando con su humanidad hacia mí. Su cabeza, casi sin peso, reposa desde hace unas cuantas leguas sobre mi pecho. Me mantuve quieto un buen rato, para no despertarla. Supongo que prefería eso a que empezara a hablarme otra vez, pero se me estaba acalambrando el brazo, por lo que no me quedó más remedio que abrazarla, pasando mi brazo por atrás de ella. Su perfume en el medio de ese universo azabache hizo el resto.  Me dí cuenta que se hacía la dormida cuando al intentar oler su cuello acertó a besarme en la boca. “Que dirá el técnico en tanques de vapor” le dije al oído. “No es dios, gracias a dios” me respondió. “Y yo no califico ni para beato, sería bueno que lo sepas” le dije. Ella se abrazó a mí, sin decir más nada. Quise dormirde nuevo, me había mantenido despierto, pero tenía mucho sueño.


Ni bien cerré los ojos, Pedrito se me apareció con sus lentes oscuros con aros de oro, sus manos con muchos anillos refulgentes, su reloj pulsera deslumbrante, y aquella mirada socarrona, sobradora, que era su marca registrada.  El mismo descaro de cuando me contaba que sí, que era cierto: era socio de un burdel en Uruguayana. Y me daba cátedra de cuanto rinde una mujer por noche, pero obvio, hay que estar arriba, ya lo dice el refrán el ojo del amo engorda el ganado.

—Vas a terminar mal.
—¿Quién te dijo? Hace años que ando en esto, y tengo más guita que vos, escribidor de cuarta.
—Además —prosigo ignorando sus palabras despectivas, que logran demasiadas veces renovar el odio que le tengo— de todo el dolor que le causás a tu madre.
—Que se joda, yo no le pedí para venir a este basural.
—Pedrito, cada día que pasa sos mas y mejor hijo de puta. La verdad que hasta una mierda como vos, si se lo propone, logra superarse. Te felicito.
—No jodas Onetti, dejate de boludeces y andá a calentarte con mi hermana.

Ximena hace acto de presencia, como un relámpago, solo para que nuestras miradas se crucen, solo para decirme sin hablar que quiere verlo muerto, y que por favor que yo la ayude.  Ni tiempo tengo de ensayar una seña, de ponerle intenciones a mi mirada. Ángela se mueve y me despierta, en vez de Ximena tengo entre mis brazos a una desconocida, que respira pacíficamente derramando sobre mí el manantial oscuro de sus cabellos.
  
En Villa Orión ya están velando a Pedrito. Yo llegaré justo a tiempo para el entierro: así lo he planificado. Mi profecía (y la de muchos otros) se ha cumplido: un poco de él estaba en un costado de las vías del tren, la cabeza y una pierna al otro lado. Dejaron el hacha, toda manchada de rojo, clavada a un durmiente. El dinero que llevaba estaba por todos lados, pegoteados en los pastos y en las piedras, soportando con estoicismo la leve brisa que sopló la noche del crimen.  Yo solo quería que tía Delcia me viera, que supiera que estuve a su lado en esos momentos. No sé para qué, pues cada vez conoce menos a las personas, cambia los nombres y los parentescos, le erra a las edades, y por lo que me cuentan, sigue diciendo que Pedrito está de viaje.

Llego. Las veo a las tres. Tía Delcia al medio, Ximena a la derecha, Ofelia a la izquierda. Desearía mostrar alguna lágrima, pero como no tengo, trato de suplir tal carencia con un gesto medido de pesadumbre. Me acerco a ellas. La gente se abre paso, y capto palabras sueltas del cuchicheo que se produce. Palabras como “escritor” y “sobrino” se garabatean en el aire mortuorio, mezcladas con otras:  “diferentes” , “famoso”.

—Al fin —dice Ximena. Me alegró darme cuenta que no ha llorado. Me ilusiono con la vigencia de un remoto pacto no escrito.
—Hola Pedrito, que suerte que viniste —dice mi tía, renovando su llanto—. Pobre del Roberto, ¡que desgracia tan grande ha caído sobre nosotros!


Con la excusa de traer un té Ofelia me deja su lugar. Abrazo a mi tía y a mi prima. No sé qué decirles. No sé qué otra cosa puedo hacer. Entonces las sigo abrazando, durante un tiempo que parece interminable.

miércoles, 19 de junio de 2013

La Rebelión de las beatas (3): La cocinera.

El padre Pablo casi no se despidió de su interlocutor, quien al otro lado de la línea había cumplido las órdenes del obispo al pie de la letra. Se extrañó que Pablo, siempre tan educado y con una pizca muy bien dosificada de adulonería, apenas musitase un desleído "gracias", y colgase. Es que el padre Pablo había quedado desconcertado. No sabía si la noticia ameritaba un brindis o no. Y asi, con la mente en blanco, su figura esquelética y de movimientos nerviosos, como los de un redivivo Quijote enfundado en una sotana oscura, permaneció en silencio un buen cuarto de hora.

-Que raro esto -pensó, caminando en el patio en torno al aljibe, las manos entrelazadas a la espalda, levemente encorvado, su calva incipiente brillando de a ratos. El sonido de sus zapatones en el piso de madera era apenas interrumpido por el ladrido del perro de los Mendiola, los vecinos del fondo.

-Que raro esto, creo que el obispo me quiere complicar... que raro esto.

La cocinera le anuncia que la comida ya está servida, y el padre Pablo, sin detener su marcha en círculos, sin   levantar la mirada de los trechos de madera que se extienden frente a él, siempre los mismos, pero siempre distintos, le responde:

-Gracias Sebastiana, ya voy.

Y de esta manera, estimados lectores, el padre Pablo me dá pie para presentarles a Sebastiana Márquez. Es una mujer entrada en carnes (gorda es mas fácil y entendible, pero ese lugar común como que le dá algo de vuelo al texto ¿vio?), que anda en la cornisa de los 55 años aproximadamente, es cocinera oficial de la parroquia desde hace unos quince años. Pero es empleada desde hace muchos mas años. Antes no solo cocinaba, sino que ademas era la lavandera y la limpiadora. Pero gracias al avance de la edad y los kilos, había conseguido de un cura anterior (Fedo López, ya hablaremos de él) ser destinada solamente a la cocina, lugar donde siempre se había desempeñado con notas altas y felicitaciones de la mesa.

Sebastiana es muy celosa de su recinto y sus implementos. Ni siquiera el obispo, cuando visita Villa Orión, osa usar un vaso sin preguntarle a ella antes, cual de todos los vasos puede usar. Todos la tienen por persona discreta y de confianza. Ella, astuta, calla y anota en su mente todo. Para ella nunca hubieron datos insignificantes. Aprendió sin maestro alguno, que un dato superfluo, mas otro dato inútil, mas un dato ambiguo, mas un dato de conocimiento público puede hacer surgir una conclusión apasionante, que le dé a ella una mísera cuota de poder entre esos hombres célibes que a lo largo de los años han ido pasando por su cocina. No todas las miserias humanas podrían ser endilgadas a los curas que anduvieron por Villa Orión. No todas, pero Sebastiana cree que algunas si, en base a datos sueltos, desperdigados, que ella arma y desarma en su cabeza, mientras troza zanahorias o pela papas. Y todo lo anota en su corazón.

Y viendo todo lo que pasó luego, cuando llegó el cura nuevo, y se organizó secretamente la rebelión de las beatas, es dable imaginar que había logrado Sebastiana con sus artimañas de novelista (o de simple vieja chismosa y mal intencionada, que a los efectos es lo mismo y/o poco importa la diferencia), tener a unos cuantos jerarcas de la iglesia como agarrados de las bolas (bueno, es una expresión nada mas, no hay por que enojarse, por favor, mas tolerancia con este humilde escribidor, please).

Hasta el próximo post.


martes, 18 de junio de 2013

La rebelión de las beatas (2): A raíz de la muerte del cura viejo...

Luego de la sorpresiva muerte del anciano sacerdote Jarjatoles, era lógico suponer que el padre Pablo y la comunidad de Villa Orión recibirían otro cura. Uno solo no alcanza para atender la extensa geografía que dependía de la parroquia de la villa, agravado por el hecho de que los pueblitos y villorrios a atender eran densamente poblados, gracias a los emprendimientos de los últimos tiempos.

Así las cosas, a medida que en los fieles mas cercanos iba cicatrizando la pena por la repentina partida del “Jarja”, como cariñosamente se lo conocía, expectativas de diferente tipo encallaban en el pecho de todos.

El padre Pablo, por ejemplo, en sus oraciones pedía que le mandaran un curita nuevo, que en sus manos fuera un santo pelele, un sacrificado títere que lo ayudara a quedarse un muy largo tiempo en Villa Orión, una rica veta de oro que parecía que siempre lo había esperado a él.

Algunas mujeres, ávidas coleccionistas desde jovenzuelas de experiencias inéditas, esperaban un cura joven y fuerte, no demasiado fanático de su voto de castidad.

Otras mujeres, las menos, esperaban un cura serio, que lograra restablecer en Villa Orión el temor a Dios, que fuera un propulsor de los viejos valores cristianos y católicos, tan venido a menos desde hacía un buena punta de años. Para muestra de ello las misas, magras reuniones de escasas dos docenas de creyentes, que parecían ponerse de acuerdo para que en todas las celebraciones siempre hubieran unos quince de ellos.

Y también estaban cuatro personas principales, caras mas o menos visibles de la parroquia, que esperaban con sosegada impaciencia la llegada del nuevo cura: la sacristana, la cocinera, la secretaria, y el encargado de la contabilidad de la parroquia. Y tenían como ya está dicho una impaciencia sosegada, tranquila, pues contaban con la amistad del señor obispo y demás jerarcas de la diócesis. Pero… viendo en retrospectiva los sucesos posteriores, es dable pensar si solo era amistad. ¿La palabra “complicidad” no sería mas adecuada?.

Veremos dijo un ciego. Nosotros sigamos con este relato, hijo bastardo de la imaginación y las dudas, confiados en que finalmente tal interrogante despose su respuesta.

Hasta el próximo post.

lunes, 17 de junio de 2013

La rebelión de las beatas

En Villa Orion algo huele a podrido. Sucede en estos momentos, y no es por las emanaciones de la sucroalcoholera. Es mas tétrico, tortuoso, pues procede de acciones erradas de altos dignatarios de la iglesia.

Las implicancias son por ahora oscuras, y dan material para una novela policial. Tal evento supera mis dotes literarias, por lo que debo (y deberán mis lectores) conformarme con una crónica mas o menos ficcionada de lo que bien podría titular como "Un extranjero molesto", o "La rebelión de las beatas".

En próximos post empezaré(mos) a vivir tales sucesos, pletóricos de injusticias y egoísmos baratos (pletóricos los sucesos, no nosotros).

Hasta la próxima.

sábado, 15 de junio de 2013

Cuento: Migulete y la diosa sin alas



Me llamo Jimmy Parker, natural de Shawnee, Oklahoma. Activista de primera hora y línea contra la guerra de Vietnam, practicante del amor libre y de la cultura beatnik, uno más de los locos de Woodstock. La larga cadena de hechos que me hicieron terminar en este pueblito al sur del mundo darían para una novela, pero solo diré que empecé por Tamaulipas, seguí luego a Panamá, Guatemala, el Mato Grosso, Quito, Asunción, Encarnación, Curuzú Cuatiá, para terminar mis días acá en Villa Orión. Nada queda de aquel hombre robusto y alegre que fui, de aquel clarinetista medianamente bueno ni de aquel tirador de puntería infalible. A fuer de sincero, poca cosa queda realmente del ser humano que fui, venido a este mundo sin otro destino que vagabundear sin destino.
He vivido los últimos quince años en el rancho miserable de mi amigo Miguel, un hombre anclado en sus recuerdos de trapecista de circo. Cuando lo conocí estaba tan borracho que al salir del prostíbulo en que estábamos cayó en una cuneta llena de agua podrida y barrosa. Pude salvarlo porque intuí en un relámpago de lucidez que ese hombre iba errarle al puentecito que había que pasar para llegar a la calle. Lejos estaba yo de estar sobrio, pues había bebido tanto o más que él, pero algo me alertó, en medio de las cumbias y las risas, que por las dudas era mejor ir a ver a ese borracho triste y llorón. Embarrados ambos, zigzagueando por las callejas oscuras del villorrio, ayudados por otro amigote de esos que nunca faltan, gracias a dios, llegamos a su rancho. Cansado y ebrio, en el primer rincón que pude me tiré a dormir. Recién el otro día, ni bien abrí los ojos, vi a Zelmira en su silla de ruedas, pelando chauchas.
—Buen día don.
—Buen día señora, ¿Qué hora es? Debe ser tardísimo.
—Depende. Lo temprano y lo tarde dependen de cada uno —respondió con una voz seca y ronca.
—Tiene razón —dije, y volví a dormirme.
 Y así sin darme cuenta, me aquerencié y me fui quedando.

Con el paso del tiempo algo de sus historias fui reconstruyendo en mi cabeza, en base a datos sueltos, a veces discordantes, que pude conseguir de ellos. De Zelmira cuando estaba sola y en pago a los relatos de mis aventuras desde allá arriba hasta este culo del mundo. Le encantaba oír de mi estadía con los indios en Guatemala y en el Brasil, pero también  que le contara una y otra vez lo que había visto y hecho en las protestas contra Nixon, así como de las miniorgías al aire libre de Woodstock.
En ese trueque de historias yo siempre salía perdiendo, pues lo que ella contaba siempre era mínimo.
—Es que soy mujer, no un yanqui aventurero como usted —me decía al defenderse de mis reclamos.
Los datos de Miguel, en cambio, los obtenía en los bares y lupanares de los que éramos habitués, luego de ingentes cantidades de caña blanca. Con el tiempo llegué a la medida aproximada de alcohol que soportaba antes de ponerse meláncolico y lacrimoso. En tal estado era poco y nada lo que obtenía, pero antes de llegar a eso, lo que yo conseguía era mayor, en desmedro tal vez de la calidad de los datos. Pero el ideal, con Miguelete, no existía.

Supe que Zelmira y Miguelete se conocieron en el circo. Ella era hija del payaso y la gorda que hacía malabares en un barril y en una bicicleta con una rueda sola. Se habían unido al circo en un suburbio de Buenos Aires, y cuando entraron al mismo la niña tenía 10 años. El peregrinaje por toda la Argentina, el Uruguay y el sur de Brasil, había sido para los dos jóvenes un tiempo de aprendizaje y conocimiento, un hermoso tiempo de libertad y goce. El que se hicieran novios era tan natural y previsible que a nadie sorprendió. Cuando el payaso viejo y su esposa decidieron salirse de esa vida de gitanos, Zelmira heredó el carromato, y allá se instalaron ellos, felices y contentos. Miguelete había aprendido de su padre todos los trucos del trapecio, y entre padre e hijo hicieron de Zelmira una hermosa diosa que hacía en el aire saltos mas arriesgados que los que ellos mismos se atrevían, de manera tal que con el paso de los años, la verdadera atracción que llenaba la carpa era la fama de una mujer que volaba.
—Ese era mi nombre: “Zelmira: la diosa sin alas”.
—¿Y Miguel?
—Él era “Miguelete, el halcón humano”. Era bastante bueno, pero yo era mejor.

Según Miguel, ella, allá arriba, parada bien derechita, con los brazos en cruz, concentrada en el trapecio que ondulaba unos metros mas abajo, era una loca que no creía en la muerte.
—No es que fuera mejor, solo era mas inconsciente, una demente irresponsable —me decía, sosteniendo entre sus manos el vaso vacío que yo, con estudiada mezquindad, demoraba en volver a llenar.

Pero de la noche fatal ninguno de los dos quería hablar. Yo empecé a obsesionarme con ese pedacito de la historia que entre los dos me escamoteaban. Quería saber como sucedió. Que hizo ella, que hizo él. Solo puedo adivinar el estupor de la gente viendo como la diosa sin alas erraba el manotón al fierro del trapecio, que desbalanceado pasaba a milímetros de sus manos, despidiendo destellos dorados como un refucilo premonitorio de la fugacidad de lo eterno. Quedó colgada de una malla defectuosa con las piernas en posiciones inconcebibles, ajena al griterío, los llantos, las órdenes gritadas a la nada, el atolondramiento de tantos que no pueden aceptar que la diosa haya caído, mientras allá arriba prosigue el trapecio con su balanceo desacomodado mientras el halcón humano, con una rigidez de estatua, se pregunta si lo que le duele en el pecho se llama remordimiento.

Recién cuando enviudó (hace nueve días), supe lo que había pasado.
—Muchas veces le pedí que me diera un hijo, o dos, o tres. Yo amaba a esa mujer. Tenía derecho a pedirle eso, solo a ella podría pedirle algo así.
—No seas loco Miguelete. Tendría que dejar de volar. Dejar de ser diosa para lavar pañales… ¡ni loca!
—Te juro Jimmy, cuando era trapecista ella no era ella. Allá arriba era así desde niña, pero esa posesión maligna se fue dando en tierra también. Ella era la diosa y yo el más insignificante de sus acólitos. El invento matando al inventor, como tantas veces.
Así las cosas, para no correr riesgos, ella dejó de tener sexo con él. Iban ya para casi un año arrastrando esa situación malsana, cuando ella le pide para separarse.
—Zelmira, de verdad te digo: me estás matando.
—No seas tremendista, podemos seguir como amigos.

—Acepté Jimmy. Consideré la alternativa de irme, dejar el circo. Siempre me gustó hacer cosas trabajando el cuero. Carteras, cinturones, cosas así. Pero eso sería alejarme de ella, por lo que seguí en lo mismo. No había pasado un mes, y me dio otra puñalada, esta vez mortal. Fijate vos:
—Miguel, antes que lo sepas por chismes, te lo digo yo: estoy embarazada.
—Me quede sin habla Jimmy, y sentí como resbalaban mis lágrimas. Me vi ridículo en mi traje de trapecista, azul con listones rojos y botones dorados, las muñecas bien ajustadas con las vendas, lo mismo que mis pies. Yo la miré. En la diosa aún no se notaba nada, pero ahora sabía que allí adentro latía una vida que a mí se me había negado. Me estaban masacrando con total impunidad. Para calmarme, solo para calmarme me dije para mí mismo: “yo soy Miguel Inocencio Farías, un hombre que hay que respetar”.
—¿No me vas a decir nada?
—Nada Zelmira. Me hubiera gustado que fuera diferente, pero que le vamos a hacer.
—¿Ni preguntar de quien?
—Menos que menos. Ahora dejame solo, que tengo que practicar.
—Y fue lo que hizo. Me dejó solo, allá arriba con los tres trapecios para mi solito. Volé como nunca, sin que me importara que fuera solo una práctica, ni que abajo no hubiera red. Cuanto desprecié la vida, cuando deseé caerme y hacerme mierda, fue cuando mas volé y los trapecios volaban a mí y se dejaban atrapar y me llevaban en el aire. Y yo saltaba de uno a otro, sin medir los tiempos ni las distancias, solo volaba, deseando caerme y hacerme puré contra el suelo. El aire me abrazaba y el calor de la mañana que se colaba por entre las lonas enloquecía mis sentidos. Nunca anhelé tanto el abrazo de la muerte, jamás la había tenido erizándome la piel y aguzando mi vista como en aquellos momentos. Pero la parca pasó de largo. Me besó y se fue. Bajando por la cuerda cuando terminé la práctica, la cité mentalmente: te quiero de nuevo esta noche, para que volemos de nuevo pero con la diosa sin alas.

—Miguel, trabajaré en el circo solo hasta fin de mes.
—Te entiendo Zelmira, ahora lo más importante es tu embarazo ¿verdad?
—Si, gracias por comprender. Sós la gran persona que conocí.
—Me di media vuelta Jimmy y me fui sin responderle. “Si todo sale bien Zelmira, tu fin de mes será esta noche”.

Demasiado tarde me di cuenta que Miguel se estaba descargando de sus pecados sin necesidad de un vaso de caña. Estábamos en el rancho. Ya hacía un buen rato que había oscurecido y que de la carpintería de Segovia no llegaban los ruidos de las sierras ni el golpeteo de los martillos. Afuera los perros se turnaban para conversar a los aullidos.

Miguelete, parado en el sillín izquierdo, sostenía el trapecio mayor con sus dos manos. Como en un ritual, levanta sus brazos y el fierro iluminado por los reflectores bajos es para Zelmira una línea de oro que se levanta lentamente. Miguelete arquea su cuerpo para atrás. Ella calcula los tiempos. La línea dorada desaparece, para aparecer de nuevo bajando con lentitud. Cuando se detiene una fracción de segundos ella salta, los brazos abiertos, da una voltereta usando su columna como eje,  y extiende sus brazos. Aún con los ojos cerrados puede tomar el trapecio que obediente sigue bajando hacia ella. Pero no tiene los ojos cerrados. La diosa siempre volaba con los ojos bien abiertos, y con los ojos bien abiertos ve que el trapecio viene más lento y algo torcido. Manotea el aire y se agarra a la nada.

—Por desgracia Jimmy, la muerte faltó a la cita. Quedó tullida, perdió su embarazo, el gran hombre nunca se apareció.
—Y decidiste dejar todo y traértela contigo.
—Desde luego. Aun postrada, casi inservible, yo la amaba. Siempre la amé.

A los días de esta confesión, borracho hasta las patas, Miguel se puso a llorar en el quilombo, pidiendo por favor que venga “la Zelmira”.
—Que se desocupe de una vez y que venga conmigo. Yo soy Miguel Inocencio Farías carajo, un hombre que hay que respetar.

Como pude lo traje al rancho y lo acosté. Sabía donde escondía una damajuanita de 3 litros de caña brasilera. Me la llevé a mi camastro, y del pico nomás me la tomé casi toda. El resto fue a parar al colchón y al piso mugriento de tierra y escupitajos.

Ahora, el sol ya está en lo más alto. Hasta dentro de un año ya no habrán mas briznas en Villa Orión viajando por el aire como leves maripositas negras. El calor está haciendo crecer los cañaverales, y el mormazo esconde a la gente y los perros bajo los aleros y la sombra de los árboles.
Miguel Farías, con una bolsa llena de trapos ensangrentados, va rumbo a la comisaría. Responde hosco al saludo del viejo Buiuka que lleva leña a lomos de su burro, esquiva más adelante a unos gurises que en la vereda de tierra hacen bailar sus trompos.
—Me vengo a entregar comisario, y aquí está la prueba del delito —dice temblando, alcanzando el morral al policía más cercano.

El policía lo abre y con un gesto de asco lo suelta y recula como ante una serpiente venenosa. El comisario, impulsivo, manotea la bolsa y la vuelca en el escritorio. De entre los trapos enrojecidos, aparece mi cabeza que aún conserva mi mirada horrorizada, congelada para siempre. Así terminé yo, Jimmy Parker, natural de Shawnee, Oklahoma.

A modo de presentación.

Hola gente.


Luego de mucha estimulación de personas amigas muy queridas, decido incursionar en este mundo de los blogs. ¿Para qué? Basicamente mostrar mis creaciones en el mundo de la narración (y alguna "poesía" muy de vez en cuando). Mi idea es mostrar no solo mis cuentos, sino los de algunos amigos y amigas que trabajan conmigo en el Taller PuroCuento, de Montevideo.

Pero tambien me tomaré a veces la libertad de escribir sobre mi pueblo, rebautizado en mis cuentos como Villa Orión, pero que cualquiera puede darse cuenta cual es en realidad. Es un mundo en si mismo, como cualquier aldea de cualquier punto del planeta, pero hablaré de él al ser la única aldea que mas o menos conozco.

Luis
Montevideo, 15 de junio, 2013.-